jueves, 30 de junio de 2011

diario 12.7.11


El alma lo que se entiende por alma humana, ha sido siempre esclava y a la vez no quiere otra cosa. Mientras el hombre no se quede totalmente desalmado subsiste algo de esta esclavitud. El amor también se ha hablado de él como una sumisión. Y sin embargo no podemos permanecer en esta esclavitud. Porque bastaba quedar prendido en la confianza, bastaba esclavizarse en la adoración, para que todo comenzara a animarse, y comenzásemos a recibir mensajeros. Ángeles y demonios son el sentido de las cosas más allá de ellas mismas, la fuerza inexplicable y eficiente, las fuerzas de su estado de pureza y son la pureza y la unidad del ser de cada cosa. Antes de la Filosofía “el mundo estaba lleno de ángeles y demonios”, decía Aristóteles refiriéndose a Thales y el mismo Thales aún creía que todo estaba penetrado de almas.

El que tengamos que ser inexorablmente esclavos de algo, es una verdad encubierta por el horror y por la belleza. Horror y sublimidad que la han encerrado sin permitir que se muestre desnudamente. Ya que en unos casos ha sido atribuida sin más al abuso de poder, a esa capacidad ilimitada de aplastamiento y destrucción de que hace uso el hombre para otro hombre, y que sólo puede fructificar sobre la falta de reconocimiento, sobre el no saberse semejante. En el otro, a la sublimidad del amor, al amor llevado a su extremo, cuyo secreto, según las creencias dominantes se ha interpretado.

Lo cierto es que ambas situaciones extremas se dan sobre la condición humana. Horror y sublimidad. El saberse semejante o el negarse a ser igual. Muchas cosas nos engañan entonces, en ambos extremos, el mundo se ofrece en suspensión y olvido, al mismo tiempo que en su plenitud de máxima riqueza y conciencia, porque nos entregamos.

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