El objeto es algo frente a nosotros, algo que tiene independencia, que se ha desprendido de nosotros y existe desde sí mismo. Al despertar del engaño producido por las apariencias es cuando realmente encontramos los objetos, cosa que, como se sabe, no todos los hombres ni todas la culturas han sabido ni querido hacer.
La flosofía en Grecia elevó la realidad a objeto, más allá de las fantasmagóricas apariencias, en vez de relegarla definitivamente al reinado de las sombras. La historia es este proceso, tan dramático y aun conmovedor. Hay una objetividad en crisis, objetividad quizá muy pulida y acabada por el trabajo del pensamiento, que ya no es el depósito de la esperanza, ni promete ese nuevo engendramiento del que hemos hablado. Son instantes de disolución en que el hombre ya no acepta nada, ni se hace solidario de cosa alguna. No permite que nada permanezca y sea verdaderamente, porque ya no quiere esclavizarse. Y toda objetividad nos esclaviza de algún modo.
Son los más terribles conflictos, éstos que tienen lugar entre la objetividad ya establecida y la esperanza. La esperanza por la que quiere realizarse nuestro inacabado ser. Para llegar a encontrar el conocimiento de la verdadera realidad: la realidad invulnerable. Aunque al fin, la razón y el amor parecen autodisolverse para salvarse a sí mismos de ese modo también.
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