Mentimos para sobrevivir, porque estamos programados para la supervivencia, pero también para amar, para compartir, por eso cuando mentimos, robamos o manipulamos, nos angustiamos, y cuando no amamos nos entristecemos. Pero la víctima se vuelve cada vez más triste, pierde toda la vida que un día tuvo. El colmo del cerebro humano es que consiga mentirse tan bien a sí mismo: suavizamos las verdades crudas de la vida, ignoramos aquello y aquellos que conviene ni ver ni escuchar, minimizamos los deseos incómodos o conflictivos. Yo reconozco que más que mentirme a mí misma, lo que he hecho toda mi vida es protegerme, que ahora me alegro al fin de haberme salvado de muchos peligros de los que me he rodeado, no sé por qué, buscaba el peligro.
Otro problema cuando amamos es que confundimos el amor con la excitación amorosa. Entonces pasa lo que pasa que nos rodeamos de personas que no son asequibles, que son peligrosas, cuando en realidad las personas que admiten intimidad, que de verdad te pueden llenar en la vida, son aquellas otras personas que están bien dispuestas, que están en la parte soleada de la vida o que parecen tiernas, tranquilas sin compromisos mayores.
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