viernes, 29 de julio de 2011

diario 18.9.11

Diotima estuvo leyendo unas poesías del siglo de oro y de la generación del 98 y el 27, y dejó una selección a su amiga Cósima, porque ellas se iban de verano y querían llevarse con ellas algunos libros de lectura. Diotima había cogido la guitarra y se la llevaría consigo también y cantaría por las placitas.




LA ESPOSA. ......Mi Amado, las montañas,

.......................los valles solitarios nemorosos,

.......................las ínsulas extrañas,

.......................los ríos sonorosos,

.......................el silbo de los aires amorosos,

..........................la noche sosegada

.......................en par de los levantes de la aurora,

.......................la música callada,

.......................la soledad sonora,

.......................la cena que recrea y enamora.

.............................................................................[...]

..........................En la interior bodega

.......................de mi Amado bebí, y cuando salía

.......................por toda aquesta vega,

.......................ya cosa no sabía;

.......................y el ganado perdí que antes seguía.

..........................Allí me dio su pecho,

.......................allí me enseñó ciencia muy sabrosa;

.......................y yo le di de hecho

.......................a mí, sin dejar cosa;

.......................allí le prometí de ser su esposa.



...................San Juan de la Cruz

...................(1542-1591)














En tanto que de rosa y azucena

se muestra la color en vuestro gesto,

y que vuestro mirar ardiente, honesto,

con clara luz la tempestad serena;



...y en tanto que el cabello, que en la vena

del oro se escogió, con vuelo presto

por el hermoso cuello blanco, enhiesto,

el viento mueve, esparce y desordena:



...coged de vuestra alegre primavera

el dulce fruto antes que el tiempo airado

cubra de nieve la hermosa cumbre.



...Marchitará la rosa el viento helado,

todo lo mudará la edad ligera

por no hacer mudanza en su costumbre.



Garcilaso de la Vega

(h. 1501-1536)






















Ayer te besé en los labios.

Te besé en los labios. Densos,

rojos. Fue un beso tan corto

que duró más que un relámpago,

que un milagro, más.

El tiempo

después de dártelo

no lo quise para nada

ya, para nada

lo había querido antes.

Se empezó, se acabó en él.



Hoy estoy besando un beso;

estoy solo con mis labios.

Los pongo

no en tu boca, no, ya no

-¿adónde se me ha escapado?-

Los pongo

en el beso que te di

ayer, en las bocas juntas

del beso que se besaron.

Y dura este beso más

que el silencio, que la luz.

Porque ya no es una carne

ni una boca lo que beso,

que se escapa, que me huye.

No.

Te estoy besando más lejos.



Pedro Salinas

(La voz a ti debida, 1933)

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