Diotima estuvo leyendo unas poesías del siglo de oro y de la generación del 98 y el 27, y dejó una selección a su amiga Cósima, porque ellas se iban de verano y querían llevarse con ellas algunos libros de lectura. Diotima había cogido la guitarra y se la llevaría consigo también y cantaría por las placitas.
LA ESPOSA. ......Mi Amado, las montañas,
.......................los valles solitarios nemorosos,
.......................las ínsulas extrañas,
.......................los ríos sonorosos,
.......................el silbo de los aires amorosos,
..........................la noche sosegada
.......................en par de los levantes de la aurora,
.......................la música callada,
.......................la soledad sonora,
.......................la cena que recrea y enamora.
.............................................................................[...]
..........................En la interior bodega
.......................de mi Amado bebí, y cuando salía
.......................por toda aquesta vega,
.......................ya cosa no sabía;
.......................y el ganado perdí que antes seguía.
..........................Allí me dio su pecho,
.......................allí me enseñó ciencia muy sabrosa;
.......................y yo le di de hecho
.......................a mí, sin dejar cosa;
.......................allí le prometí de ser su esposa.
...................San Juan de la Cruz
...................(1542-1591)
En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;
...y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:
...coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
...Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.
Garcilaso de la Vega
(h. 1501-1536)
Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más.
El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada
ya, para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.
Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no
-¿adónde se me ha escapado?-
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.
Pedro Salinas
(La voz a ti debida, 1933)
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