Dice Osho que Lao Tzú le respondió a Confucio:
-Tengo muchas alegrías. Entre las innumerables cosas que
engendró el cielo, la humanidad es lo más noble, y tengo la
suerte de ser humano. Ésta es mi primera alegría. Hay
personas que nacen y no viven un día o un mes, que nunca
han abandonado los pañales, pero yo he pasado ya de los
noventa. Ésta es mi alegría. La pobreza es común a la
humanidad, y la muerte es el final. Así pues, siendo parte
del común de la humanidad, y a la espera de mi final, ¿qué
sentido tiene preocuparse?
Es decir uno no se da cuenta de lo que es la alegría hasta que no toca los límites de ese final o de ese vacío, entonces todo cambia, o cuando ha dado todo de sí y se conoce a sí mismo en esencia. Diotima citó a Elsa: “La inocencia y la pureza no implican la represión o la eliminación de los deseos. Barrerlos al inconsciente significa que pasan a ocupar un lugar donde se tornan sigilosos y compulsivos. Hay que desenmarañar los deseos para poder dar respuesta a las necesidades profundas con alegría, con compasión y con inteligencia.” Finalmente eligió un texto de Virginia Woolf: “Esto es lo peor de escribir, el tiempo que se pierde. ¿Qué puedo hacer con la última hora de la mañana? Dante otra vez. Con cuánta alegría salta mi corazón al pensar que jamás volveré a imponerme la carga de escribir un libro largo. No. En el futuro todos mis libros serán cortos.”
Es decir, para ellas la alegría era también desnudez, algo que se puede soltar y descubrir, la falta de una identificación o de una carga o de algún trámite, pero al mismo tiempo era positividad o acción, es que es un desaprendizaje que ha costado tiempo, dice Virginia, de algún modo.
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